¿Privado mejor que público?

Hace un par de semanas, viví muy de cerca un dilema que en Europa y especialmente en España desde hace unos años ha cobrado una notoria popularidad: ¿Un sistema de sanidad privado es mejor que uno Público?

Mi historia comienza con un dolor de vientre un viernes por la tarde que a medida que pasaban las horas se incrementaba más y más, hasta el punto de llevarnos a un hospital, concrétamente a uno privado.

Yo iba en calidad de  acompañante. He de decir, que por suerte pocas veces he pisado un hospital y siempre habían sido públicos, por ello, me sentía como un niño pequeño observando cada detalle. El edificio era bastante nuevo, los grandes ventanales dejaban entrar la luz en la sala de espera, en la cual nos encontrábamos cómodamente sentados en los sillones de diseño, mientras contemplábamos los murales y las televisiones de plasma que decoraban las paredes. No esperamos mucho para que el especialista nos llamase, de hecho no terminamos de discutir si la  fragancia corporativa tenía una base de manzana o pepino. Tras el reconocimiento, el doctor, nos indicó que posiblemente se tratase de un cuadro de apendicitis, por ello debíamos acudir a urgencias a realizarnos los análisis pertinentes y operar si fuese necesario.

Aturdidos por la sorpresa, recorrimos los pasillos de la planta, bajamos por los ascensores sin apenas prestar atención al hilo musical, cruzamos el acogedor vestíbulo y llegamos a la zona de urgencias. Casi sin darnos cuenta, firmamos numerosos formularios que francamente no leímos, sólo queríamos estar lo antes posible en lista,  y en es momentó, comenzó la espera.

Al cabo de las 2 horas, nos llamaron por megafonía, y accedimos a la “pre-sala de urgencias”. Se trataba de un control intermedio en el proceso para determinar la gravedad de nuestro caso y por tanto nuestra posición en la lista. Estuvimos 15 minutos sentados con dos recursos del hospital, los cuales se encargaron de leer el expediente que nos dio el médico, a medir constantes básicas (tensión, pulso…) y preguntar el grado del dolor. El resultado de este control, fue negativo y volvimos a la sala de espera  durante otras 2 horas, hasta que nos llamaron pasar a observación y ocupar un box.

Volvimos a contar al médico de urgencias los síntomas, volvimos a responder las mismas preguntas, y éste solicitó las extracciones pertinentes para realizar los análisis oportunos. Después de seis horas, el dolor había casi desaparecido, el paciente se encontraba bien, pero los análisis aún no estaban disponibles. Una vez que el médico dispuso de éstos, nos comentó que había determinados indicadores sensiblemente anormales, por lo que era necesario realizar una nueva prueba. Concrétamente una más agresiva que suponía someter al paciente a radiación, y un proceso de unas 3 horas. El paciente juraba y perjuraba que no le dolía el apéndice, que le oscultasen para ver si se notaba inflamación o no. El médico se negaba en rotundo y afirmaba que era su diagnóstico como profesional experimentado.

El turno de nuestro médico finalizó, y aún no le habían realizado al paciente esta última prueba. Planteamos al nuevo médico cómo los dolores habían remitido y las dudas sobre la necesidad de dicha prueba. Éste, revisando los análisis y tras una oscultación nos comentó que no creía que fuese necesario la realización de una prueba con radiación. No obstante debíamos volver a la mañana siguiente para realizar un control sobre la evaluación del paciente. El resultado a la mañana siguiente fue que todo los síntomas apuntaban a una gastritis acentuada por una situación de estrés.

Este episodio me hizo reflexionar sobre la eficiencia del sistema privado y la ineficiencia del sistema público, y sin dudar, en ningún momento, de la eficacia de ambos sistemas y la profesionalidad de sus trabajadores.

Realmente no llegué a sentir que el hospital privado hubiese sido más eficiente. Pudieron haber aprovechado en control intermedio para lanzar actividades que ya se conocían. Un médico previamente había identificado unos síntomas, ya debía estar definidos los indicadores que eran necesarios medir. Habría sido una mejora drástica en el proceso, que en los 15 minutos en la “pre-sala de urgencias”, el recurso que se limitaba a anotar las constantes que el indicador digital medía,  hubiese extraído un par de botes de sangre para encolarlos en la lista de análisis. Así, el doctor que nos comenzó a tratar no tendría que haber esperado otras tantas horas para disponer del resultado del análisis que ordenó cuando se puso al día con nuestro caso. Esta reformulación del proceso, habría convertido el tiempo de espera en la sala de urgencia (sin valor), en tiempo de monitorización de los síntomas del paciente, lo que permitiría acortar el tiempo de nuestra estancia, lo que supone menor ocupación de instalaciones y de personal del centro.

Por otro lado se nos quería que realizar una prueba, que evidentemente habría sido treméndamente esclarecedora, pero que igual no era conveniente, o que posiblemente podría ser sustituida por otra con menor coste en términos de impacto físico y económico. Seguramente en la Sanidad Pública, la solicitud de esta última prueba hubiese requerido unas causas de mayor envergadura o superar unos reconocimientos previos que asegurasen la idoneidad de su práctica, debido principalmente al coste económico.

Evidentemente, éste es un caso concreto, y habrá miles de situaciones a favor y en contra de ambos sistemas. Realmente, lo que nos debe preocupar es que nuestra sanidad sea eficaz y eficiente. Es decir, que los hospitales (públicos o privados) son organizaciones y como tales deben velar por la mejora continua en procesos y de modelo.

Además, debemos ser justos, y saber interpretar cada modelo. Que un hospital privado tenga una cuenta de resultado con beneficios, no significa necesariamente que sea eficiente. Puede tratarse de que haya tenido suficiente volumen de clientes que les permita cubrir sus costes fijos anuales, y que el cálculo de costes variables por cliente y su traslación a éste son correctos. Este hecho, no quita que se hayan utilizado recursos en exceso en su praxis y simplemente el cliente los asuma.

Por otro lado, la desviación en los presupuestos de un hospital público requiere un análisis pormenorizado de las causas para hacer frente a preguntas como: ¿Eran los objetivos realistas?; ¿son los costes fijos adecuados para el volumen promedio de actividad?; ¿qué partidas presupuestarias presentan mayor desviación?; ¿en qué centros de coste se produce el despilfarro?; ¿hace el usuario un mal uso por considerar el servicio gratuito?

La Sanidad es un servicio básico, debe prestarse sí o sí, siempre va a ver una demanda. Pero además es un servicio estratégico que afecta a tu población, y por tanto (si queremos verlo desde el punto de vista económico) a tu fuerza productiva. Un país enfermo, o preocupado por cómo hacer frente a la enfermedad (física o económicamente), no tendrá fuerzas para innovar, crear, construir, vender y consumir.

Puede que no exista un mejor modelo, que sea necesario pensar en opciones mixtas, en diferentes planteamientos que vayan sucediéndose, y será necesario la regulación del marco de normativo para fijar unas reglas de juego que orienten los modelos a la eficacia y eficiencia.